¿Qué pasa después de ganar el juego?

La independencia financiera no es el final del camino: es el momento de decidir qué hacer con la libertad conquistada.

Durante buena parte de nuestra vida financiera, el objetivo parece bastante claro: trabajar, ahorrar, invertir y construir el patrimonio suficiente como para alcanzar algún día la independencia financiera.
 

Ese momento en el que trabajar deja de ser una obligación económica y pasa a ser una elección.

Para muchas personas, esa meta todavía está lejos. Pero algunas llegan antes de lo previsto. No a los 60 o 65 años, sino quizá a los 50. Incluso a los 40.

Y ahí aparece una pregunta para la cual no siempre estaban preparadas: ¿ahora qué?

La imagen tradicional del retiro suele parecerse bastante a unas vacaciones permanentes. Viajar, descansar, ir a la playa, jugar al pádel y no volver a mirar el reloj.

Todo eso puede sentirse como una luna de miel durante algunas semanas o incluso algunos meses. El problema es imaginarlo como proyecto para los próximos treinta o cuarenta años. Porque, una vez que pasa la novedad, una vida sin ninguna obligación quizá no sea tan atractiva como parecía desde afuera.

Levantarse tarde, mirar Netflix durante horas y pedir todos los días por PedidosYa puede ser un excelente domingo. Como plan de vida, probablemente se quede corto.

Hace un tiempo conocí, a través de un excelente trabajo de Benjamin Felix de PWL Capital, un modelo que me pareció muy útil para pensar estas cosas. Se llama PERMA-V y propone seis componentes que suelen estar presentes en una vida bien vivida: emociones positivas, involucramiento, relaciones, significado, logros y vitalidad.

No existe una combinación ideal ni una única forma de vivirlos. Para una persona, el involucramiento puede venir de su trabajo; para otra, de un deporte, un hobby o un proyecto personal. El significado puede surgir de la familia, de una empresa, de una causa o de ayudar a otros. Los logros tampoco tienen por qué ser extraordinarios. Muchas veces alcanza con aprender, mejorar en algo y sentir que seguimos avanzando.

Las relaciones probablemente sean la parte más evidente. Tener más tiempo libre sirve de poco si no sabemos con quién compartirlo. Y la vitalidad, que comprende cosas tan básicas como comer bien, movernos y dormir, puede parecer menos profunda, pero condiciona prácticamente todo lo demás.
 

Lo interesante es que el dinero puede facilitar cada una de estas dimensiones, pero no puede construirlas por nosotros. Puede comprar tiempo, permitir experiencias, ayudarnos a cuidar la salud, apoyar a nuestra familia o darnos libertad para elegir mejor nuestros proyectos. Pero no nos dice qué hacer con esa libertad.

Por eso, alcanzar la independencia financiera no tiene por qué significar dejar de trabajar por completo. Puede significar trabajar menos, elegir mejor los proyectos, cambiar de actividad, enseñar, emprender sin presión económica o dedicar más tiempo a algo que durante años quedó postergado.

La realidad es que el trabajo no aporta solamente ingresos. Cuando está bien elegido, también puede dar estructura, relaciones, desafíos, aprendizaje y propósito. Eliminarlo de un día para otro, sin tener nada que ocupe ese lugar, puede dejarnos con mucho tiempo disponible, pero no necesariamente con una vida mejor.
 

En planificación financiera hablamos mucho de números. Cuánto ahorrar, cuánto invertir, qué retorno necesitamos y qué patrimonio permitiría sostener determinado nivel de gastos.

Todas esas preguntas importan. Pero optimizar los recursos para alcanzar una meta sirve de poco si nunca nos detuvimos a pensar si esa meta representa realmente la vida que queremos vivir.

Porque, antes de preguntarnos cuánto necesitamos para alcanzar la libertad financiera, hay una pregunta bastante más difícil:

¿Qué queremos hacer con esa libertad cuando finalmente la tengamos?